Con su ejemplo son los nuevos niños héroes

Hace 170 años, 13 de septiembre de 1847, seis cadetes mexicanos de entre 12 y 20 años fueron asesinados en la llamada batalla de Chapultepec, durante la invasión de Estados Unidos a México.

Los Niños Héroes de hoy no necesitan morir por la patria para despertar orgullo. Ellos hacen ciencia, deporte y artes y destacan entre los mejor del mundo. Son niños y niñas, adolescentes y jóvenes que escriben su propia historia de éxito.

Este el caso de Cristóbal Miguel García Jaimes, un joven de 21 años, que ha destacado en la ciencia.

Es originario de San Miguel Totolapan, Guerrero, “de donde la gente huye de la violencia y el narcotráfico”, dice. Salió de su pueblo para estudiar y ahora una calle tiene su nombre.

Este joven indígena cuitlateca, estudiante de física en la UNAM, es Premio Nacional de la Juventud 2014 en ciencia y tecnología, y dirige su propia asociación civil: Ciencia sin Fronteras, dedicada a la divulgación. “Es un líder carismático, apegado a su comunidad, que asume una responsabilidad social”, dice su maestro Efraín Chávez.

Desde niño ha ganado “como 80 reconocimientos” por sus logros académicos. El más importante hasta ahora es la construcción en miniatura de un acelerador de partículas que sirve, entre otras cosas, para pruebas como la de carbono 14. El suyo tiene fines didácticos. Está convencido de que por cada niño que estudia habrá “un soldado menos del narco”.

Cristóbal se imagina en el futuro. Tiene 45 años, un doctorado en física y una segunda carrera en matemáticas, historia o administración.

“Desde niño fui diferente: rayaba las paredes con formas geométricas, miraba las plantas y lo preguntaba todo”, recuerda.

A los 11 años su padre los abandonó cuando su madre tuvo que someterse a diálisis de por vida y Cristóbal tuvo que trabajar. “Vendía pan, chicles, ayudaba en el campo y en construcciones, y ganaba dinero apostándoles a mis primos que un ladrillo y una moneda caían al mismo tiempo por la ley de la gravedad. Para entonces, ya había descubierto la física en el libro de texto de Paul Tippens que mi padre, maestro de bachillerato, había dejado en casa. Me encantaban los experimentos”.

En secundaria Cristóbal comenzó a participar en concursos académicos. “El primer año logré el cuarto lugar. Pero en los dos siguientes gané los estatales y un concurso que se llamaba Campeón de Campeones”. Los concursos le ensañaron que si se esforzaba, “podía estar al nivel de la gente que lo tiene todo”.

Al acabar la secundaria, un maestro le recomendó entrar en la Preparatoria 6, de la UNAM. “Hice el examen y tuve 122 aciertos de 128. Mi madre me dejó ir con una condición: tienes que regresar y ayudar al pueblo, me dijo. Casi no lo logro. En la prepa se burlaban de mí. Me decían indio pata rajada, regrésate a tu pueblo. Estuve a punto de renunciar”.

En segundo año de prepa, Cristóbal se inscribió al programa Jóvenes en la Investigación con un proyecto que demostraba las propiedades curativas del zacate para las enfermedades cutáneas. “Gané una estancia en el Instituto de Física, decidí mi carrera y me quedé a trabajar con el doctor Efraín Chávez”.

Ya en el laboratorio de física, “con menos de 1,000 pesos construimos el acelerador de 30 centímetros en 8 meses, 23 días y 19 horas”. El aparatito ganó en la Feria Nacional de la Ciencia de la UNAM y obtuvo otros 16 reconocimientos. A partir de ese momento, todo cambió para Cristóbal. “La gente me vio como un ejemplo inspirador”, dice.

Estudiaba y trabajaba de velador. En la UNAM tenía una beca de 2,000 pesos mensuales y de la venta de sus premios -computadoras, impresoras, cámaras- podía ayudar a su familia. Un día el entonces rector José Narro supo que había tenido que vender su computadora y le regaló una. “También me invitó a su oficina a platicar con él y yo le regalé mi sombrero de Tierra Caliente. Todo el mundo me invitaba a charlas y encuentros, y fui el congresista más joven en el Congreso Nacional de Física de 2014”, recuerda.

Su asociación civil Ciencia sin Fronteras nació en septiembre de 2014, gracias al apoyo del notario Moisés Teliz y su hija Natalia. Desde allí, Cristóbal se ha dedicado a la divulgación de la ciencia.

“Si el próximo niño genio está en alguna sierra o un pueblo, quiero ir por él”, dice.

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